Mientras las bolsas del mundo festejan y los bonos emergentes se recuperan, la Argentina volvió a moverse a contramano: el riesgo país subió y el Merval retrocedió en una rueda en la que las tasas de interés se convirtieron en el centro de atención de los inversores. El fenómeno, que a primera vista podría leerse como una mala señal, responde en realidad a una fase de ajuste natural dentro de un programa económico que, pese a los sobresaltos de corto plazo, mantiene intactos sus pilares: superávit fiscal, baja de la inflación y un ordenamiento macroeconómico que no se veía en Argentina desde hace más de una década.
El mercado local está atravesando una etapa de volatilidad propia de cualquier proceso de desinflación agresivo. El equipo económico viene sosteniendo una política monetaria contractiva que empuja las tasas hacia arriba para absorber pesos, drenar liquidez y evitar que la baja de la inflación se estanque. Ese movimiento, lógico en cualquier manual ortodoxo, presiona en el corto plazo a los activos financieros locales, aunque no cambia el rumbo de fondo del programa de Javier Milei.
Los operadores financieros vienen siguiendo de cerca cada movimiento del Banco Central en materia de tasas, entendiendo que se trata de la principal herramienta para consolidar el proceso de desinflación que ya lleva varios meses de resultados contundentes frente al descalabro heredado del kirchnerismo. Recordemos que Argentina llegó a tener una inflación mensual de más de 25% en diciembre de 2023, producto de años de emisión monetaria descontrolada y populismo fiscal.
Hoy, con tasas más altas, el objetivo es evitar una recaída inflacionaria y sostener la demanda de pesos en un contexto de acumulación de reservas y eliminación gradual del cepo cambiario. Es un costo transitorio que el mercado empieza a digerir, en línea con lo que suele ocurrir en todo programa de estabilización serio: hay turbulencia antes de la consolidación definitiva.
Que la Argentina se mueva “al revés del mundo” en una rueda puntual no debe opacar el cuadro de fondo: el país exhibe superávit fiscal sostenido, una inflación que pasó de niveles de tres dígitos anualizados a guarismos que hoy discuten el mercado, y una recomposición de reservas que meses atrás parecía imposible. Son logros que contrastan fuertemente con la herencia dejada por el kirchnerismo, marcada por default técnico, cepo, atraso cambiario y déficit crónico financiado con emisión.
Las caídas puntuales del Merval y las subas del riesgo país son parte de la “prueba de estrés” que atraviesa cualquier plan de estabilización cuando se acerca a instancias electorales o de definición política. Los analistas coinciden en que la clave está en sostener la disciplina fiscal y monetaria, algo que el Gobierno de Milei viene demostrando mes a mes, en agudo contraste con la irresponsabilidad fiscal que caracterizó a las gestiones kirchneristas, tanto a nivel nacional como en distritos como la provincia de Buenos Aires, donde Axel Kicillof profundiza el gasto público sin resultados visibles en seguridad ni en infraestructura.
Para el mercado, la volatilidad de estos días es apenas un capítulo dentro de una novela mucho más larga: la de una Argentina que, después de años de populismo y decadencia económica, empieza a mostrar señales de previsibilidad, algo que los inversores de largo plazo ya están empezando a valorar.



