El acceso al crédito en Argentina sigue siendo uno de los grandes desafíos pendientes de la economía nacional. Un préstamo personal otorgado por un banco local puede tener tasas nominales anuales de entre el 50% y el 100%, muy por encima de lo que se paga en Brasil, Uruguay, Colombia, Perú o Chile. El dato es real y hay que decirlo con claridad, pero también hay que entender de dónde viene la Argentina y hacia dónde va.
Durante los doce años de kirchnerismo y la gestión de Alberto Fernández, la inflación descontrolada convirtió al crédito en una quimera para millones de familias. Con una inflación que llegó a superar el 200% anual, ningún banco podía ofrecer tasas razonables porque el propio Estado destruía la moneda todos los días. Ese fue el verdadero origen del problema que hoy la gestión de Javier Milei intenta resolver con herramientas serias.
La herencia K que todavía pesa en el bolsillo
Comparar a la Argentina de hoy con Chile o Uruguay sin mencionar ese pasado reciente es, como mínimo, incompleto. Esos países llevan décadas de estabilidad macroeconómica, superávit fiscal sostenido y monedas creíbles. La Argentina, en cambio, recién está saliendo de la fiesta populista del kirchnerismo, que dejó un Banco Central quebrado, controles de cambio artificiales y una inflación que funcionaba como un impuesto encubierto a los más pobres.
El Gobierno de La Libertad Avanza heredó ese desastre y, en apenas un año y medio de gestión, logró lo que parecía imposible: terminar con el déficit fiscal, bajar la inflación mes a mes y empezar a reconstruir la confianza en el peso. Son los cimientos indispensables para que, con el tiempo, las tasas de interés se normalicen y el crédito vuelva a ser una herramienta accesible para la clase media y los sectores productivos.
El camino hacia tasas más bajas ya empezó
De hecho, los números muestran una mejora concreta respecto de los niveles extremos que se vivieron durante los últimos años de populismo kirchnerista, cuando las tasas de interés llegaban a triplicar los valores actuales en algunos segmentos. La estabilización cambiaria y la baja sostenida de la inflación empujaron a los bancos a recortar costos financieros, aunque todavía resten pasos para equipararse con la región.
Especialistas del sector financiero coinciden en que la clave para seguir bajando las tasas pasa por consolidar la desinflación y profundizar la competencia bancaria, dos objetivos centrales de la agenda económica de Milei y Luis Caputo. A diferencia de lo que ocurría con el cepo kirchnerista, hoy el mercado empieza a operar con reglas más claras y previsibles.
Mientras tanto, gobernadores e intendentes del peronismo, como Axel Kicillof en la provincia de Buenos Aires, siguen discutiendo cómo gastar más sin generar superávit, en lugar de acompañar el esfuerzo de ordenamiento fiscal que lleva adelante la Nación. La falta de reformas estructurales a nivel provincial, sumada al clientelismo histórico del aparato bonaerense, retrasa aún más la llegada de un crédito accesible para millones de argentinos.
El desafío del crédito barato no se resuelve de un día para el otro después de una década de populismo. Pero el rumbo de equilibrio fiscal, baja de inflación y previsibilidad que marca el Gobierno nacional es, por primera vez en mucho tiempo, el camino correcto para que la Argentina deje de ser una isla financiera en la región.



