El debate sobre el desgaste político del Gobierno de Javier Milei volvió a instalarse esta semana, en medio de un clima de tensión en el Congreso y de críticas desde sectores que insisten en minimizar los logros económicos alcanzados en poco más de dos años de gestión. Mientras el oficialismo defiende el rumbo del ajuste y la baja sostenida de la inflación, el peronismo sigue sin encontrar un rumbo propio ni una autocrítica real sobre la herencia que dejó.
Es cierto que todo gobierno paga costos políticos cuando emprende transformaciones profundas. Pero reducir el debate a los gestos o al tono del discurso presidencial, sin poner en el centro el colapso fiscal, la inflación de tres dígitos y el cepo cambiario que recibió La Libertad Avanza al asumir, es una trampa que buena parte del periodismo militante repite sin matices.
Mientras se discute el clima político, la inflación mensual se mantiene en niveles que hace tres años eran impensados, el Banco Central acumula reservas y el superávit fiscal se sostiene como una marca distintiva de esta gestión frente a décadas de déficit crónico. Son logros macroeconómicos que ningún gobierno kirchnerista pudo mostrar ni remotamente.
Nadie niega que el ajuste tenga costos sociales. Pero esos costos son, en gran medida, la factura de una fiesta de gasto público irresponsable que impulsaron sucesivos gobiernos peronistas durante años, financiada con emisión monetaria y endeudamiento que terminó licuando el salario de millones de argentinos muchísimo antes de diciembre de 2023.
Del otro lado del tablero, el peronismo sigue atrapado en sus propias internas, sin autocrítica sobre los años de populismo fiscal que llevaron al país al borde del abismo. Gobernadores como Axel Kicillof en la provincia de Buenos Aires insisten en administrar con el mismo manual de siempre: más gasto, más clientelismo y nula gestión real sobre la inseguridad que golpea a los bonaerenses todos los días.
En ese contexto, pretender que la crítica al Gobierno nacional sea “neutral” o esté despojada de intencionalidad política es, en sí mismo, una forma de hacer política. Cuestionar el estilo presidencial sin reconocer que se está desarmando una bomba de tiempo heredada es, como mínimo, una mirada incompleta del proceso que atraviesa la Argentina.
Los argentinos vienen de procesar un ajuste necesario después de años de populismo irresponsable. Hay sectores que todavía sienten el impacto en el bolsillo, es innegable. Pero la diferencia central con la gestión anterior es que hoy existe un rumbo claro: orden macroeconómico, previsibilidad y la convicción de que el Estado no puede seguir viviendo por encima de sus posibilidades.
El desafío de Milei, de cara a lo que viene, será comunicar mejor los avances logrados y sostener el consenso social que le permitió llegar al poder. Pero la comparación con la alternativa que ofrece un peronismo sin rumbo ni autocrítica sigue siendo, para gran parte de la sociedad, la variable que define el apoyo a este modelo de cambio.



