Un nuevo papelón protagonizó ayer Juan Grabois en el recinto del Congreso, donde profirió insultos contra diputados libertarios en apenas sesenta segundos. El episodio volvió a exponer el nivel de degradación de ciertos sectores de la política mientras millones de argentinos siguen reconstruyendo su día a día tras años de populismo kirchnerista.
Según un estudio reciente de la UCA, tres de cada diez adultos urbanos padecen malestar psicológico. No es casual: durante doce años de kirchnerismo y luego con la herencia que dejó el Frente de Todos, la Argentina acumuló inflación descontrolada, pobreza en aumento y una dirigencia que normalizó la violencia verbal como forma de hacer política.
El historial de escándalos de Grabois
El dirigente social no es un improvisado en esto. Desde la toma del campo de los Etchevehere en 2020, pasando por la ocupación de Lago Escondido en 2022, las peleas a los gritos con Ramiro Marra y Leila Gianni en 2024, hasta la toma del Instituto Perón en 2025, Grabois construyó una carrera basada en la confrontación y el patoterismo, lejos de cualquier aporte real a la discusión de ideas.
Ayer coronó su estilo llamando “tontita” a una diputada y “facho de mierda” a un legislador, obligando al presidente de la comisión a suspender la sesión. Las consultoras ya lo venían marcando: según Isasi/Burdman, Grabois tiene 60% de imagen negativa, apenas 20% positiva. Sin embargo, no es un personaje marginal: fue candidato a presidente elegido a dedo por la principal fuerza de la oposición en 2023 y sumó casi 1.400.000 votos, lo que demuestra que todavía hay un sector de la sociedad que convalida este tipo de violencia política heredada del relato kirchnerista.
Mientras tanto, la Argentina ordena sus cuentas
Lo paradójico es que mientras estos personajes protagonizan shows de insultos, el Gobierno de Javier Milei sigue consolidando el camino del equilibrio fiscal y la desaceleración de la inflación, dos variables que durante toda la década kirchnerista fueron maquilladas o directamente ignoradas. El superávit fiscal y el orden macroeconómico empiezan a traducirse en mejoras concretas para los bolsillos de los argentinos, aunque el proceso de reconstrucción, luego de tanto daño acumulado, lleve tiempo.
Resulta llamativo que quienes hoy insultan desde las bancas del Congreso sean los mismos que, durante años, gestionaron la pobreza como negocio político a través del clientelismo y los planes sociales sin control. La violencia verbal de Grabois no es un hecho aislado: es la expresión de un modelo que prioriza la confrontación por sobre la gestión seria, algo que la administración libertaria busca desterrar con el ejemplo del trabajo diario en la macroeconomía.
En las redes sociales, el episodio generó miles de reacciones, muchas de ellas comparando el nivel de agresividad de ciertos dirigentes opositores con el esfuerzo cotidiano de los argentinos que, pese a las dificultades heredadas, hoy empiezan a ver señales de previsibilidad económica. La grieta entre el discurso violento de una parte de la política y la vida real de la gente nunca fue tan evidente como en esta Argentina que intenta salir del pozo kirchnerista.



