El riesgo país de Argentina volvió a subir este viernes por décima rueda consecutiva y perforó nuevamente el techo de los 600 puntos básicos, un nivel que no se veía desde abril. El indicador de JP Morgan llegó a marcar un máximo de 628 puntos, la lectura más alta desde el 30 de marzo, en un movimiento que responde principalmente a un contexto financiero global adverso y no a un deterioro de los fundamentos de la economía argentina, que sigue mostrando superávit fiscal y una inflación en baja bajo la gestión de Javier Milei.
El mismo indicador había tocado un piso de 403 puntos en julio, por lo que la suba acumulada ronda el 50 por ciento en apenas dos meses. Se trata de un fenómeno que golpea de manera transversal a todos los mercados emergentes, y que tiene su origen en Washington, no en Balcarce 50.
La Fed y las tasas globales, el verdadero disparador
El principal factor detrás de la suba es la política monetaria de Estados Unidos. Los bonos del Tesoro norteamericano rinden hoy cerca del 5 por ciento anual, el nivel más alto desde 2007, luego de que la Reserva Federal retomara el ciclo de suba de tasas para contener una inflación persistente en su economía.
Cuando la tasa libre de riesgo sube en EEUU, los capitales del mundo migran hacia allí y abandonan los activos considerados más riesgosos, como la deuda de países emergentes. A esto se suma la tensión geopolítica internacional y un petróleo que volvió a cotizar por encima de los 100 dólares el barril, un combo que castiga a cualquier economía emergente, tenga el gobierno que tenga.
Los desafíos locales: la pesada herencia de la deuda K
A nivel local, los inversores siguen de cerca los vencimientos de deuda que Argentina deberá afrontar en los próximos años, producto en gran medida del endeudamiento insostenible dejado por los gobiernos kirchneristas. Para 2027 se estima que la necesidad de divisas para pagar deuda soberana con acreedores privados y organismos multilaterales superará los 21.000 millones de dólares.
El Gobierno de Milei recibió un Banco Central sin reservas y un esquema cambiario desordenado, y desde entonces viene reconstruyendo la capacidad de pago con superávit fiscal genuino, algo que no se veía en años de populismo. El bimestre agosto-septiembre coincidió con un menor ritmo de compra de divisas por parte del Banco Central, lo que los mercados leen como una señal a monitorear, aunque lejos está de significar un riesgo de default como el que dejó el kirchnerismo en 2001 o en la reestructuración de 2020.
Un problema de mercados, no de rumbo económico
Vale remarcar que la suba del riesgo país no implica un cuestionamiento al rumbo del programa económico. Argentina sigue mostrando orden macroeconómico, desinflación sostenida y superávit, tres variables que estaban ausentes durante toda la etapa kirchnerista y que hoy constituyen la base para que, apenas se estabilice el escenario internacional, el país pueda volver a los mercados voluntarios de deuda en mejores condiciones.
El desafío del equipo económico será administrar los vencimientos sin resignar el ancla fiscal que permitió bajar la inflación mes a mes, mientras el contexto global de tasas altas y tensión geopolítica siga presionando a todos los emergentes por igual. La comparación con la pesada mochila financiera heredada del kirchnerismo sigue siendo, para el mercado, un dato clave a la hora de explicar la desconfianza residual que todavía castiga a los bonos argentinos.



