En medio del debate económico global sobre la relación entre inflación y desempleo, el presidente Javier Milei salió a marcar una diferencia clave respecto de su gestión: aseguró que “el desempleo no está volando” pese al fuerte ajuste fiscal y la drástica baja de la inflación que caracterizan su plan económico. La afirmación no es un detalle menor: durante décadas, la teoría económica sostuvo que bajar la inflación tenía un costo casi inevitable en materia de empleo.
La llamada curva de Phillips, formulada en 1958 por el economista neozelandés Alban William Phillips, popularizó la idea de que existe una relación inversa entre desempleo e inflación: cuando uno baja, el otro sube. Fue esa lógica la que llevó a Richard Nixon a presionar a la Reserva Federal en los años 70 para privilegiar el empleo por sobre el control de precios, con resultados desastrosos que derivaron en la estanflación de esa década.
El desafío de romper el mito del ajuste
La gestión de Milei viene desmintiendo, al menos hasta ahora, ese supuesto trade-off inevitable. La inflación mensual, que en diciembre de 2023 tocaba el 25% heredado del kirchnerismo, se ubica hoy en niveles de un dígito, un logro que hace apenas dos años parecía impensado para cualquier economista serio. Y ese proceso de desinflación no vino acompañado de una explosión del desempleo, como pronosticaban una y otra vez los economistas ligados al Frente de Todos y buena parte del arco kirchnerista.
Es cierto que el ajuste tuvo costos: hubo sectores golpeados, caída del consumo en los primeros meses y una recesión que el propio gobierno reconoció como parte del sinceramiento necesario tras años de populismo fiscal. Pero la comparación con la herencia recibida es ineludible: la Argentina que dejó Alberto Fernández y Sergio Massa tenía inflación descontrolada, cepo cambiario, reservas negativas y un Estado quebrado que financiaba el gasto con emisión monetaria sin límite.
Superávit fiscal como ancla de la estabilidad
El logro del superávit fiscal, algo que no se veía en Argentina desde hace más de una década, es la base que sostiene toda esta ecuación. Sin déficit que financiar con la maquinita del Banco Central, la inflación deja de tener el combustible que la alimentaba mes tras mes. Esa es la diferencia central entre el plan de Milei y los intentos fallidos de estabilización del pasado, incluidos algunos de gestiones que también prometieron el fin de la inflación sin animarse jamás a ordenar las cuentas públicas.
Mientras el Gobierno nacional avanza con este esquema de disciplina monetaria y fiscal, contrasta fuerte con lo que ocurre en distritos como la provincia de Buenos Aires, donde Axel Kicillof profundiza el gasto público, la presión impositiva y el clientelismo político, sin resolver los problemas estructurales de inseguridad y pobreza que castigan a los bonaerenses desde hace años.
Un cambio de paradigma en discusión
Lo que está en juego, en el fondo, es si la Argentina puede romper con el círculo vicioso de ajustes fallidos y populismos insostenibles que caracterizó buena parte de su historia económica reciente. Si el equilibrio entre baja de inflación y sostenimiento del empleo se consolida, la gestión de Milei podría marcar un antes y un después en la manera de entender la política económica argentina.
Por ahora, los datos oficiales muestran una macroeconomía mucho más ordenada que la recibida, con inflación en descenso, superávit fiscal sostenido y un mercado laboral que, contra los pronósticos catastrofistas de la oposición, no colapsó. El desafío hacia adelante será consolidar ese equilibrio y traducirlo en una mejora sostenida del poder de compra de los salarios, el verdadero termómetro que la gente siente en el día a día.



