La inflación nacional de julio se ubicó en 2,1% según el INDEC, muy por debajo del 2,9% que había registrado el índice de precios de la Ciudad de Buenos Aires días antes. El dato interanual marcó 33,8%, y confirma que el proceso de desinflación que lleva adelante el Gobierno de Javier Milei sigue firme, muy lejos de los picos de más de 200% anual que dejó como herencia el kirchnerismo.
El registro porteño había encendido cierta alarma en algunos sectores que buscan instalar dudas sobre el rumbo económico. Sin embargo, cuando se conoció el número a nivel país quedó claro que la suba fue mucho más moderada: apenas 0,2 puntos porcentuales por encima de junio, lejos de cualquier escenario de descontrol.
Por qué CABA y el INDEC no miden lo mismo
La explicación de la brecha no tiene nada de misterioso ni de manipulación de estadísticas, como algunos operadores del kirchnerismo intentaron sugerir en redes sociales. Un informe de la consultora LCG detalla que el índice porteño y el nacional trabajan con canastas distintas y ponderaciones diferentes para cada rubro de consumo.
La clave de julio estuvo en los precios estacionales, especialmente en turismo. Las vacaciones de invierno dispararon los valores de paquetes, alojamiento y actividades recreativas. A nivel nacional, el rubro Recreación y cultura subió 5% y Restaurantes y hoteles avanzó 2,8%, mientras que en la Ciudad ese mismo fenómeno estacional trepó hasta el 11%, prácticamente el doble.
Esa diferencia de intensidad explica buena parte de los 0,8 puntos porcentuales que separaron al 2,9% porteño del 2,1% nacional. No hay truco estadístico: hay una realidad económica distinta entre una ciudad con alta concentración turística y de servicios, y el promedio de todo el país.
Un dato más que confirma el orden macroeconómico
Más allá de la letra fina metodológica, lo relevante es el panorama de fondo: la inflación argentina se mantiene estabilizada en un rango bajo, algo impensado hace pocos años, cuando el kirchnerismo dejó una economía con controles de cambio, brecha cambiaria descontrolada y una inflación que no bajaba de dos dígitos mensuales en los momentos más críticos.
El sostenimiento del superávit fiscal, la eliminación del financiamiento del Banco Central al Tesoro y el ancla monetaria son los pilares que explican por qué, mes tras mes, los aumentos de precios siguen desacelerándose de manera consistente. La comparación interanual del 33,8% es la mejor prueba: hace apenas un año y medio, esa cifra hubiera sido motivo de festejo si se tratara de la inflación mensual.
Para los economistas del mercado, agosto debería mostrar un comportamiento similar al de julio, sin sobresaltos, en la medida en que se disipe el efecto estacional del turismo invernal. La expectativa es que la inflación núcleo continúe su sendero descendente, consolidando la confianza de los argentinos que, después de años de licuación salarial permanente bajo gobiernos peronistas, empiezan a planificar sus gastos con menos incertidumbre.
La discusión sobre las diferencias metodológicas entre CABA y el INDEC es válida y sana para el debate técnico, pero no debería opacar lo central: la Argentina dejó atrás la hiperinflación latente que amenazaba en 2023 y hoy exhibe un proceso de estabilización sostenido, con un Estado que gasta lo que tiene y ya no financia el déficit con la maquinita.



