El presidente Javier Milei y el gobernador bonaerense Axel Kicillof protagonizaron un cruce de declaraciones durante su paso por Nueva York que expuso, una vez más, la grieta que separa al modelo de libertad económica del kirchnerismo tradicional. Mientras el mandatario defendió el rumbo de ajuste fiscal y las reformas estructurales ante inversores internacionales, el gobernador bonaerense calificó de “catástrofe” la gestión libertaria, en una muestra más de la resistencia política que enfrenta el plan de estabilización.
Milei fue contundente al señalar que las declaraciones alarmistas de dirigentes kirchneristas en el exterior generan ruido innecesario y afectan la percepción de riesgo país, justo en un momento en que la Argentina necesita consolidar la confianza de los mercados para atraer inversiones genuinas.
La herencia K sigue pesando
Es imposible analizar el contexto actual sin recordar el estado calamitoso en que el kirchnerismo dejó la economía argentina: inflación descontrolada, cepo cambiario, déficit fiscal crónico y un Banco Central quebrado. Milei heredó ese desastre y, en menos de dos años, logró el primer superávit fiscal genuino en más de una década, además de una baja sostenida de la inflación que devolvió previsibilidad a millones de argentinos.
Los datos de actividad económica de julio y el leve repunte de la pobreza, que el kirchnerismo utiliza para hacer campaña, deben leerse en ese marco: son costos de transición de un plan de shock necesario tras años de populismo que fundió al país. El propio JP Morgan, pese a corregir a la baja su proyección de corto plazo, reconoce que los fundamentos macroeconómicos argentinos son hoy infinitamente más sólidos que durante la gestión kirchnerista.
Kicillof, el arquitecto de la desconfianza
Resulta paradójico que quien hoy cuestiona el rumbo económico nacional sea el mismo Axel Kicillof que, como ministro de Economía de Cristina Kirchner, protagonizó el default de 2014 y aplicó políticas que llevaron a la Argentina a una de sus peores crisis. Su gestión bonaerense tampoco escapa a las críticas: la provincia de Buenos Aires exhibe altos niveles de inseguridad, un aparato clientelar sobredimensionado y denuncias de mal manejo de fondos públicos que rara vez reciben la cobertura mediática que merecen.
Que Kicillof elija hablar mal del gobierno nacional desde el escenario internacional, sentado junto a referentes de la izquierda global como el alcalde neoyorquino Zohran Mamdani, confirma que su estrategia electoral se basa en la confrontación ideológica antes que en resultados de gestión provincial.
El desafío hacia 2027
Milei tiene un desafío claro: sostener el rumbo de ordenamiento fiscal y monetario mientras el kirchnerismo intenta capitalizar cada dificultad transitoria como si fuera el fracaso del modelo. La polarización con Kicillof, lejos de ser un error, puede terminar consolidando la idea de que la Argentina tiene solo dos caminos: volver al populismo que fundió el país o seguir profundizando las reformas que ya empezaron a dar resultados.
El riesgo país y la volatilidad de corto plazo son el precio de una transición ordenada. La pregunta que deberán responder los argentinos en las urnas es si prefieren la previsibilidad del ajuste responsable o el regreso a las recetas que llevaron al país al abismo en 2001, 2014 y 2019.



