Una nueva encuesta de Giaccobe & Asociados generó revuelo político al mostrar que el gobernador bonaerense Axel Kicillof lidera por primera vez la imagen positiva entre los principales dirigentes nacionales, superando al presidente Javier Milei. El dato, sin embargo, esconde una realidad mucho más matizada que la que intenta vender el kirchnerismo.
Según el relevamiento, cerrado al 31 de julio, Kicillof obtiene 36,7% de imagen positiva frente a 50,4% de negativa. Lo sigue Patricia Bullrich con 34,5% positiva y 55,1% negativa, y en tercer lugar aparece Milei con 33,9% positiva y 57,2% negativa. El propio informe aclara algo clave que muchos medios opositores prefieren ocultar: el gobernador no creció, sino que el Presidente bajó. Es decir, no hay un fenómeno Kicillof, hay un desgaste natural de gestión que cualquier gobierno enfrenta a mitad de camino, más aún cuando debe sostener un ajuste histórico contra viento y marea.
La herencia K sigue pesando en la city y en la calle
Vale recordar de dónde viene la Argentina: una inflación descontrolada, un Banco Central quebrado, cepo cambiario, déficit fiscal crónico y una bomba de pasivos remunerados heredada directamente de la gestión de Kicillof como ministro de Economía de Cristina Kirchner. Ese mismo dirigente que hoy aparece bien parado en una encuesta es, paradójicamente, uno de los arquitectos del desastre que Milei tuvo que ordenar desde el primer día.
Hoy, con superávit fiscal sostenido, inflación en baja sistemática y un Banco Central que empieza a recomponer reservas, la macroeconomía argentina luce radicalmente distinta a la que dejó el kirchnerismo en 2023. El propio Milei fue contundente al respecto en su última entrevista con LN+: “Yo lo veo más lineal, no compito contra otros espacios políticos, compito contra mí mismo”, marcando que el objetivo de la gestión no es ganar una foto de imagen mensual sino consolidar un cambio estructural que la Argentina necesitaba desde hace décadas.
Polarización, Bullrich y el dato incómodo para la izquierda
El estudio de Giaccobe también revela otro fenómeno interesante: la diputada de izquierda Myriam Bregman perforó su techo histórico de imagen, en sintonía con una polarización que se repite en varias democracias del mundo. Mientras tanto, Bullrich se mantiene como una referencia sólida del espacio libertario y aliado clave de la gestión nacional.
El 58,9% de los argentinos considera que la situación económica empeora, un dato que en el equipo económico se toma con seriedad pero sin pánico: saben que los ajustes de expectativas suelen ir por detrás de los datos duros de actividad, empleo y entramado pyme, que en muchos sectores ya muestran señales de recuperación sostenida.
La verdadera batalla, more allá de las encuestas de coyuntura, se juega en el terreno de los hechos: dólar ordenado, riesgo país en descenso desde los picos de la crisis kirchnerista y vencimientos de deuda que el equipo económico viene despejando con jugadas preventivas. Kicillof, en cambio, sigue sin resolver los problemas estructurales de la provincia de Buenos Aires: inseguridad creciente, un aparato clientelar sostenido con fondos públicos y una gestión que privilegia la caja política por sobre las soluciones reales para los bonaerenses.
El round final de esta batalla inesperada, como bien la definen los analistas, se jugará en las urnas, donde la sociedad deberá elegir entre continuar el camino del orden macroeconómico iniciado por Milei o volver a las recetas que llevaron al país a la peor crisis de su historia reciente.



