El Ministerio de Economía reconoció en la letra chica del Presupuesto 2027 que el proceso de desinflación será más gradual de lo previsto y estiró hasta 2029 el objetivo de llevar el índice de precios a un solo dígito anual. La revisión, incluida en las planillas de supuestos macroeconómicos enviadas al Congreso, muestra que el equipo de Luis Caputo optó por proyecciones más realistas después de haber heredado una de las inflaciones más altas del mundo y un Banco Central quebrado.
Según el nuevo esquema, la inflación cerraría 2026 en 29%, muy por encima del 10,1% que se estimaba un año atrás, mientras que para 2027 se prevé un 18% y para 2028 un 10%. Recién en 2029 el IPC interanual perforaría la barrera de los dos dígitos, con una proyección cercana al 6%. Son cifras más altas que las del Presupuesto anterior, pero conviene recordar de dónde viene la Argentina.
Una herencia que costó desarmar
Cuando Javier Milei asumió la presidencia en diciembre de 2023, la inflación mensual superaba el 25% y la anual rondaba el 200%, producto de años de emisión monetaria sin freno, controles de precios artificiales y un déficit fiscal financiado con la maquinita del Banco Central durante los gobiernos de Alberto Fernández y Cristina Kirchner. En ese contexto, cualquier corrección de las metas debe leerse como parte de un proceso de estabilización real, no como un fracaso del plan.
El propio Caputo insistió en que la desinflación no es lineal y que factores como la recomposición de precios relativos, la salida del cepo cambiario y la normalización de tarifas explican parte de la revisión al alza en el corto plazo. Lejos de significar un abandono del rumbo, el ajuste de las proyecciones refleja un Gobierno que prefiere pisar el acelerador del orden fiscal antes que maquillar números para el helicóptero.
Superávit y orden macro, los verdaderos logros
Mientras se discuten décimas de inflación futura, el dato duro e innegable es que la Argentina bajó de una inflación mensual de dos dígitos a valores que hoy se ubican en un solo dígito mensual, algo impensado hace dos años. El equilibrio fiscal, sostenido mes a mes sin financiamiento del Banco Central, es la base que permite proyectar una desaceleración sostenida, aunque el ritmo sea más lento de lo estimado inicialmente.
Además, el Gobierno logró reconstruir reservas, ordenar el mercado cambiario y recomponer la confianza de los mercados internacionales, algo que ningún gobierno kirchnerista pudo exhibir en dos décadas. La comparación es elocuente: mientras Nación ordena las cuentas, gobernadores peronistas como Axel Kicillof en la provincia de Buenos Aires siguen sin resolver el déficit crónico, la inseguridad creciente y el gasto público desbordado que financian con endeudamiento y presión impositiva sobre los bonaerenses.
El desafío hacia 2029
El propio texto del Presupuesto 2027 reconoce que la desinflación seguirá siendo un pilar central del programa económico, junto con el equilibrio fiscal y el control de la base monetaria. Que la meta de un dígito se traslade a 2029 no cambia la dirección del plan: significa que el Gobierno prioriza la sostenibilidad del proceso por sobre el atajo de anunciar cifras optimistas que luego no se cumplen, como ocurría en la era kirchnerista.
Para los argentinos que sufrieron años de inflación descontrolada, licuación de salarios y cepo cambiario, el hecho de discutir hoy si la inflación bajará a 18% o a 10% en los próximos años, y no si se dispara a tres dígitos, ya representa un cambio de paradigma. El camino hacia la estabilidad definitiva será más largo de lo esperado, pero la dirección sigue siendo la correcta.



