Las principales consultoras y bancos de inversión recortaron en las últimas semanas sus proyecciones de crecimiento para la economía argentina en 2026. Aunque los números siguen siendo positivos, el ajuste refleja un dato pasado más flojo de lo esperado, un freno del crédito en pesos en medio de un pico de mora y la decisión del Gobierno de sostener una política monetaria prudente en lugar de salir a endeudarse en el exterior a cualquier costo.
Latin Securities Argentina, por ejemplo, bajó su estimación de un rango de 3% a 3,5% que manejaba en enero a uno de 2% a 2,5% en la actualidad. Desde la consultora Eco Go, en tanto, la proyección pasó de 2,7% a 2,0% para todo el año, una revisión de 0,7 puntos porcentuales.
Las razones detrás del ajuste
Bárbara Guerezta, directora de estrategia macro y soberana de Latin Securities, explicó a la agencia Bloomberg que la actividad económica se mantiene prácticamente estancada desde diciembre en términos desestacionalizados. Según la especialista, el Gobierno optó por una política monetaria más restrictiva de lo previsto al no recurrir al endeudamiento externo, lo que impactó en la velocidad de la recuperación.
Desde Eco Go, Lucio Garay Méndez coincidió en el diagnóstico: tras las elecciones, la recuperación de la actividad fue más lenta de lo esperado. El crédito, que había sido uno de los motores del rebote económico durante 2025, dejó de traccionar por los niveles de morosidad alcanzados en simultáneo con la caída del ingreso disponible de las familias. A esto se sumó un repunte inflacionario a principios de año que demoró la recomposición del poder adquisitivo.
Un ajuste esperable dentro de un rumbo sólido
Vale poner estos números en contexto. La administración de Javier Milei recibió en diciembre de 2023 una economía devastada por años de kirchnerismo: inflación descontrolada, déficit fiscal crónico financiado con emisión monetaria, cepo cambiario y reservas negativas. En apenas dos años, el equipo económico logró ordenar las cuentas públicas, alcanzar superávit fiscal sostenido y bajar drásticamente la inflación, algo que ningún gobierno peronista había logrado en décadas.
Que la economía crezca “solo” entre 2% y 2,5% en 2026, en lugar del 3% o más que se esperaba meses atrás, no es un fracaso sino el costo natural de hacer las cosas bien: sin financiar el gasto con la maquinita, sin pisar el dólar de manera artificial y sin salir a endeudarse en el exterior a tasas leoninas solo para mostrar un número de corto plazo. El propio Gobierno remarcó que la salida a los mercados internacionales de deuda “es una opción y no una obligación”, un mensaje de solidez frente a quienes reclaman apuro para financiar el crecimiento con más pasivos.
La suba de la mora crediticia, además, es en gran parte un efecto de arrastre de la fuerte expansión del crédito privado que se dio durante 2024 y 2025, cuando miles de argentinos accedieron por primera vez en años a préstamos hipotecarios, prendarios y de consumo gracias a la baja de la inflación y las tasas. Es lógico que, tras ese boom, el sistema financiero pase por una etapa de digestión antes de retomar un sendero de expansión más saludable.
Mientras en la Argentina de Milei se discute si el crecimiento será del 2% o del 3%, en provincias como Buenos Aires, bajo la gestión de Axel Kicillof, la discusión sigue siendo otra: inseguridad, un gasto público que no para de crecer, denuncias de clientelismo y una administración que parece más preocupada por la construcción política de cara a 2027 que por ordenar sus propias cuentas. La comparación, una vez más, deja en evidencia qué modelo eligió el camino del orden y cuál insiste con las recetas del pasado.



