Baja la inflación: empresas acceden a crédito más barato

La desaceleración de la inflación que viene mostrando la gestión de Javier Milei está reconfigurando el mapa financiero argentino: mientras las empresas empiezan a conseguir crédito más barato en términos reales, los plazos fijos de los ahorristas siguen rindiendo por debajo de la suba de precios. Así lo confirmó el propio Banco Central en su Informe de Política Monetaria (IPOM) del tercer trimestre de 2026.

Según el organismo que conduce Santiago Bausili, las tasas pasivas —es decir, las que paga el banco a quien deposita su dinero— continúan siendo negativas en términos reales. Pero lejos de presentarlo como un problema, el BCRA sostuvo que esta dinámica “confirma que la política monetaria no restringe la expansión del crédito, del gasto doméstico ni de la actividad económica que planea el sector privado”.

Una estrategia pensada para reactivar la economía

Lo que para los relatos de siempre podría sonar como una mala noticia, en realidad es parte de una estrategia explícita del equipo económico: desalentar que los pesos queden inmovilizados en el plazo fijo tradicional y empujar esos recursos hacia el consumo, la inversión y el crédito productivo. Es exactamente lo opuesto a la lógica de la city durante los años del kirchnerismo, cuando la Argentina vivía de bicicleta financiera, cepo y tasas siderales que no financiaban nada más que al propio Estado deficitario.

Hoy, con inflación en baja sostenida y superávit fiscal como ancla, el Gobierno nacional puede permitirse una herramienta que antes era impensada: que el crédito empiece a fluir hacia la economía real sin disparar una crisis cambiaria. Es el resultado directo del orden macroeconómico logrado tras meses de disciplina fiscal, algo que la Argentina no veía desde hace más de una década de populismo y emisión descontrolada.

Tres velocidades, un mismo rumbo de normalización

El informe del Banco Central describe un sistema financiero que hoy convive con tres realidades distintas. Por un lado, los ahorristas, que siguen viendo cómo sus plazos fijos pierden poder de compra frente a la inflación. Por otro, las empresas, que gracias a la combinación de desinflación y líneas comerciales como el descuento de documentos lograron reducir de manera significativa el costo real de financiar su capital de trabajo.

La tercera velocidad es la de los consumidores, que todavía enfrentan tasas elevadas para préstamos personales y tarjetas de crédito. Es el sector que más tiempo necesita para sentir en el bolsillo la baja de tasas, pero que también es el primero en beneficiarse cuando cae la inflación mes a mes, como viene ocurriendo bajo la gestión de Milei.

Desde el oficialismo remarcan que este proceso es transitorio y forma parte de la normalización de una economía que durante años estuvo distorsionada por controles de precios, cepo cambiario y tasas de interés artificiales que no reflejaban ningún equilibrio real. La salida ordenada de ese esquema, afirman, requiere tiempo y gradualidad financiera.

El contraste con la herencia K

Vale recordar que, apenas unos años atrás, la Argentina kirchnerista convivía con una inflación de tres cifras, un Banco Central quebrado y un cepo que ahogaba cualquier posibilidad de financiamiento genuino para las pymes. Que hoy el debate público sea sobre a qué velocidad bajan las tasas reales, y no sobre si habrá otro Rodrigazo o un nuevo cepo, es en sí mismo una muestra del cambio de rumbo.

El desafío que queda pendiente es que la baja de tasas llegue también, y cuanto antes, a los bolsillos de los consumidores. Pero el camino recorrido hasta aquí —con inflación en descenso, superávit fiscal y un sistema financiero empezando a funcionar con lógica de mercado— marca una diferencia abismal respecto de la City controlada y asfixiada que dejó el kirchnerismo.