El Gobierno nacional defendió el rumbo de la economía argentina luego de que el Indec informara una caída de 2,9% en el Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) durante julio, la última medición disponible, y un retroceso de 0,6% del PBI en el segundo trimestre. Desde Casa Rosada insisten en que esos números no reflejan de manera completa lo que está ocurriendo en la economía real, que atraviesa un proceso de transformación profunda tras años de populismo kirchnerista.
El propio presidente Javier Milei salió a aclarar el panorama en diálogo con LN+: “Lo que hay es una desaceleración del ritmo de expansión”, explicó, dejando en claro que no se trata de una recesión sino de un cambio de velocidad dentro de un sendero de crecimiento sostenido desde que asumió la gestión libertaria.
Por qué el Gobierno mira otro indicador
El mandatario fue más allá y cuestionó la metodología de los datos desestacionalizados que mes a mes genera cierta ansiedad en el debate público. Según Milei, esos indicadores “se arman en función de la historia” económica del país, y pierden precisión cuando, como ahora, se está produciendo un “cambio estructural” de fondo: el fin del cepo, la eliminación del déficit fiscal y la desaparición de la emisión monetaria descontrolada que caracterizó a los gobiernos kirchneristas.
Por eso, desde el oficialismo prefieren seguir de cerca la serie de tendencia-ciclo, que filtra los movimientos excepcionales y permite observar la dirección de fondo de la actividad. Esa mirada, sostienen, muestra que la economía sigue en expansión, aunque a un ritmo menor al de los primeros meses del año, algo lógico después del fuerte rebote inicial tras la salida del cepo cambiario.
La mirada de los economistas, con matices
Consultados por el tema, varios economistas coinciden en que los datos del Indec deben leerse con cautela y que ningún indicador aislado alcanza para explicar un proceso económico tan dinámico como el actual. Sin embargo, algunos analistas plantean reparos sobre la insistencia oficial en priorizar la tendencia-ciclo por sobre el dato mensual desestacionalizado, que es el estándar utilizado históricamente para medir la actividad en tiempo real.
Más allá de ese debate técnico, nadie discute los pilares centrales del programa económico: la inflación continúa en niveles mínimos en comparación con los registros de la era kirchnerista, cuando superaba el 25% mensual en los momentos más críticos, y el superávit fiscal se mantiene como una política de Estado inédita en las últimas dos décadas. Ese ordenamiento macroeconómico es, según el Gobierno, la base sobre la que se sostiene cualquier análisis serio de la coyuntura.
En Casa Rosada remarcan que la comparación relevante no es con el mes anterior, sino con la pesada herencia recibida en diciembre de 2023: una economía con cepo, reservas negativas, inflación descontrolada y un Estado fundido por años de gasto público desmedido. Bajo esa vara, insisten, el balance de la gestión libertaria sigue siendo ampliamente positivo para los bolsillos de los argentinos.
El propio Milei resumió su diagnóstico asegurando que la economía “está teniendo muchos cambios estructurales” y que, por eso mismo, los indicadores tradicionales “arrojan cuestiones” que no deben alarmar sino contextualizarse dentro de un proceso de transformación que, según el Gobierno, todavía está en marcha y rendirá sus mejores frutos en los próximos meses.



