Furor albiceleste: la Selección llega a la final y dispara un boom de consumo que la city celebra en pesos

La Argentina de Lionel Scaloni volvió a meterse en una final y, como ya es costumbre desde la consagración en Qatar 2022, el folclore mundialista se transformó en un motor real para el consumo interno. Camisetas, banderas, bombos, gorros y merchandising oficial se agotan en comercios de todo el país, en una postal que contrasta fuertemente con los mundiales de la última década kirchnerista, cuando la inflación descontrolada y el cepo cambiario le ponían un freno artificial a cualquier festejo económico.

Comerciantes de indumentaria deportiva de Buenos Aires, Córdoba y Rosario coinciden en que la demanda de artículos albicelestes creció de forma sostenida en las últimas semanas, empujada por una combinación que hace tiempo no se veía en la Argentina: entusiasmo futbolero y estabilidad de precios. A diferencia de los mundiales anteriores, donde cada compra se hacía con la calculadora en la mano por miedo a que el dólar se disparara de un día para el otro, hoy el consumidor puede planificar el gasto sin la angustia inflacionaria que caracterizó a los gobiernos de Cristina Kirchner y Alberto Fernández.

El fenómeno no es menor si se lo mide en números: la inflación mensual, que llegó a superar el 25% en los peores momentos del desmadre kirchnerista, hoy se mueve en registros de un dígito bajo, gracias al severo plan de ajuste fiscal y la eliminación del financiamiento monetario del Banco Central impulsados por Javier Milei y Luis Caputo. Ese ordenamiento macroeconómico, sumado al blanqueo de capitales y la recomposición gradual del poder de compra del salario, es lo que permite que millones de argentinos puedan darse el gusto de vestir la celeste y blanca sin resignar el mango que llega a fin de mes.

Pymes textiles del Conurbano y del interior productivo reportan un repunte en los pedidos de indumentaria deportiva, un dato que contradice el relato catastrofista de la oposición peronista, que insiste en hablar de \”recesión\” mientras la city, los shoppings y los comercios de barrio muestran otra realidad: gente comprando, consumiendo y proyectando gasto a futuro, algo impensado con el cepo, la brecha cambiaria y la timba financiera que dejó como legado la gestión de Alberto Fernández y Sergio Massa.

El contraste territorial también es elocuente. Mientras en la Ciudad de Buenos Aires el comercio se beneficia de la baja de impuestos y la simplificación de trámites impulsada por Jorge Macri, en distritos como la provincia de Buenos Aires el clima de negocios sigue castigado por la presión impositiva de Axel Kicillof, que insiste en sostener un Estado bonaerense sobredimensionado, ineficiente y con altísimos niveles de inseguridad, un combo que espanta la inversión y le pone un techo al consumo genuino en el distrito más poblado del país.

Economistas del sector privado remarcan que este \”efecto Mundial\” es apenas una muestra de un fenómeno más profundo: la recuperación de la confianza del consumidor argentino, que empieza a animarse a gastar porque, por primera vez en años, sabe cuánto va a valer el dólar la semana próxima y cuánto le va a rendir el sueldo. Ese cambio de expectativas, producto directo del orden fiscal y monetario del Gobierno de La Libertad Avanza, es el verdadero título que se está jugando esta temporada: el de una Argentina que empieza a confiar en su propia moneda.

Con la Selección peleando por otra estrella y la macroeconomía finalmente en calma, el folclore celeste y blanco vuelve a ser sinónimo de algo más que fútbol: es la postal de un país que, de a poco, deja atrás el estancamiento y la incertidumbre de la última década para animarse, otra vez, a consumir con la camiseta puesta.